Les diré que a mitad de la noche me entró miedo; y no fue de los tipos rumanos que jugaban a la ruleta rusa circulando en dirección contraria mientras gritaban encaramados en las ventanillas de sus coches. De repente, empecé a hablar sin prestar atención por las pausas, y mi vaso de vodka con tónica se puso a tintinear por sí solo sin darme cuenta de que lo tenía amarrado por su base…
Hacía tiempo que ocurría, de tal modo que no le presté atención. Me dirigí hacia los lavabos y oculté a los demás mi miedo. Todo saldría bien esta vez. Sólo tenía que dirigirme a la camarera, preguntar por la mesa en la que se encontraban mis amigos y regresar hacia ellos como recién salido de una mesa de reparaciones. Era así de sencillo, y así lo hice… Me dirigí a la camarera y ésta me señaló la mesa en cuestión. Después me dirigí hacia ellos y todo cobró sentido. Unos celebraban la inminente Navidad. Otros, sin embargo, preferían celebrar su fugacidad.
Y quién le importa, no lo sé. Lo cierto es que había decidido lanzarme desde el séptimo piso del edificio del ayuntamiento. Lo había decido poca semanas antes, tras visionar por enésima vez “Juan Nadie”. Bien es cierto que estar leyendo “En Picado”, de Nick Hornby, tampoco ayudó. El día 31 de diciembre me tiraría desde la azotea del ayuntamiento en lugar de lloriquear junto a Barbara Stanwyck. El plan no revestía gran dificultad. Sólo tenía que esperar a que el edificio se vaciase. Tenían la costumbre de dejar abierta la puerta utilizada por los tipos de la limpieza. Acababan muy tarde, casi a medianoche, así pues sólo tendría que introducirme por esa puerta, esquivar sus miradas oculto en cualquier parte, y esperar. Hoy es día 24, nochebuena, sólo quedan siete días para realizar mi plan. Mientras tanto daré la sensación de normalidad que se espera de mí: Acudiré puntual al trabajo; sonreiré cuándo tenga que hacerlo; jugaré el partido de fútbol de fin de año. Todo ese tipo de gilipolleces que ahora carecen de sentido.
He buscado información sobre el suicidio. En concreto, sobre qué se siente al lanzarse desde una altura. Pero no he encontrado nada relevante. Mucho llorón diciendo que se va a matar, pero que no lo hace, y notas sobre la edad media del suicida: 34 años. Son muy jóvenes para decidir que quieren morir, pero yo tengo 27 y lo tengo decidido. No soy nadie para cuestionar a los demás. Menos en un tema así. No quisiera pontificar, pero hay que estar muy jodido para matarse. Todos los mecanismos de ayuda deben haber fallado, y en mi caso, son muchos mecanismos de ayuda. Tengo montones de hermanos y amigos que no han sabido hacerlo. Tampoco es un problema de faldas. Salí con un par de chicas durante algún tiempo, pero no creo haber estado enamorado. Simplemente quería morir. Marcharse antes de tiempo había adquirido una nueva dimensión para mí. Estaba aburrido de vivir. Nada tenía sentido. Además, el miedo se estaba apropiando de mí día tras día, y no podía hacer nada por evitarlo que no fuera saltar por una azotea.
Entonces apareció María…
Tenía su nombre pegado en etiqueta, junto al pecho. Aparentaba unos 30 o 31 años, pero seguramente tenía más. Cargaba con un corazón gigante que arrastraba por las calles. “Te daré mi corazón”-decía su horrible cartel-. Era el eslogan de una compañía de citas por ordernador. Y el amor informatizado era lo último que podía soportar. Así que, me dirigí hacía ella y le dije que no estaba bien lo que hacía. Que el amor no era práctico, sino una emoción incontenible. Ella soportó mi discurso alucinado para responderme suavemente que era su trabajo; eso fue todo. Después se fue. La busqué para disculparme durante los días siguientes. Aunque haberme quedado después de su respuesta no me convertía en el tipo más interesante del mundo. No la localicé. Y el tiempo pasó inexorablemente en busca del 31 de diciembre. El día de mi cita inexcusable.
Llegó la nochevieja. Esperé a que los funcionarios borrachos dejaran la fiesta de fin de año que había en la primera planta del edificio. Entonces subí, tratando de que no me viesen los tipos de la limpieza. Me oculté en un trastero situado en la azotea y abrí la puerta, despacio, cuando creí que me encontraba solo. Al subir las escaleras pensaba en mi familia desconsolada, en mis amigos sin nadie a quien invitar para sentirse superiores y en María, en las muchas veces que había deseado que apareciera en mi vida alguien como ella. Imaginé veladas, viajes, momentos íntimos, pero nada lo suficientemente contundente como hacerme cambiar de opinión. De hecho, no la conocía salvo por haber cruzado una serie inconclusa de insultos. Una vez arriba, todo se veía más claro. Por supuesto, no tenía valor de arrojarme al vacío sin más, así que eché mano del alcohol. Mal asunto, porque la cerveza no suele embriagar lo suficiente en cantidades moderadas. Acabada la litrona, observé el vacío, miré el reloj, y no sin dificultades decidí que había llegado mí hora. Cogí una leve carrerilla y accedí a la cornisa…
Entonces sucedió…
Una empleada doméstica me vio y creyó que gritar era una buena idea. Qué hacía una dominicana con sobrepeso en aquella azotea cinco minutos antes de la medianoche fue el primer pensamiento que vino a mi cabeza. Después me asusté, resbalé con la escarcha que comenzaba a acumularse en la cornisa y caí. Fue una buena caída. Atravesé los pisos altos vacíos, los intermedios en los que hacían el amor algunos empleados rezagados de la fiesta y los bajos que se apresuraban a apagar las luces antes de la llegada del nuevo año. Caí hasta el duro suelo de piedra traída desde la India para adornar aquella plaza. Fue un golpe espectacular. Debió serlo. Mis huesos se contrajeron hasta quedarse atrás. Mis vértebras que se quebraron, una tras otra: crack, crack, crack… Mi cabeza se golpeó un par de veces contra el firme. Me hubiese gustado ser espectador de aquella caída. Me habría sentado, y quemando un último cigarrillo en memoria del muerto, me habría quedado inerte, bajo el frío, hasta que hubiesen llegado las asistencias, después de las campanadas, por supuesto…
Entonces dejé de imaginar… Aún quedaban cinco días para el fatídico. Me vestí y me dispuse a salir a dar una vuelta. Había decidido no trabajar en la que debía ser mi última semana. No lo consideraba ético. Entonces me encontré con una chica vestida de negro. Llevaba un corazón gigante colgando de su pecho que tenía pegado un cartel.
El cartel rezaba: “te daré mi corazón”…